REGRESAMOS A BANGKOK: VARANOS, BARQUITAS Y DESCANSO. Día 15.

Nos levantamos temprano para poner rumbo a nuestro siguiente destino: Bangkok.
Cogimos un taxi hasta el pequeño aeropuerto de Koh Samui, y la verdad es que no podíamos marcharnos sin hablar de lo bonito que es este aeropuerto. Más que un aeropuerto parece un resort tropical: todo está al aire libre, con tejados de palma y bambú, jardines cuidados, ventiladores enormes moviendo el aire y una atmósfera relajada que hace que el tiempo pase volando.
PREPARATIVOS VIAJE A TAILANDIA
Además, volvíamos a volar con Bangkok Airways, una compañía que, sinceramente, nos ha sorprendido muchísimo. Igual que a la ida, teníamos acceso gratuito a su sala VIP, donde todos los pasajeros pueden disfrutar de bebidas y snacks sin coste. Así que aprovechamos para desayunar algo tranquilamente antes del embarque. Y lo mejor es que, una vez en el avión, ¡también sirvieron comida a bordo! Todo un detalle para un vuelo que apenas duró una hora y cuarto.


En cuanto aterrizamos en Bangkok, todo fue rodado. Ya conocíamos bien el aeropuerto y el transporte, así que compramos directamente el billete para el Airport Rail Link, el tren que conecta con el centro de la ciudad. Nos bajamos en la estación de Phaya Thai y allí hicimos trasbordo al Skytrain, dirección Surasak, la parada más cercana a nuestro hotel. A estas alturas del viaje ya nos movíamos por Bangkok como unos auténticos expertos —¡ni los locales nos pillaban desprevenidos!—.
Nos alojamos de nuevo en el Hilton Garden Inn Silom, el mismo hotel en el que empezamos nuestra aventura por Tailandia. Como era bastante temprano, dejamos las maletas en recepción y decidimos aprovechar la mañana para visitar un sitio que nos había quedado pendiente al principio del viaje: el Parque Lumpini.
El parque es uno de los grandes pulmones verdes de la ciudad. Está rodeado de rascacielos, lo que crea un contraste precioso entre el bullicio urbano y la calma del lago central. Allí la gente sale a correr, a hacer yoga o simplemente a relajarse bajo la sombra de los árboles. Pero lo más sorprendente —y lo que realmente atrae a los curiosos— son sus varanos. Están por todas partes. Caminan entre los árboles, nadan en el lago y se pasean como si fueran los dueños del lugar. Lo más curioso es que los habitantes de Bangkok parecen convivir con ellos con total naturalidad… mientras que nosotros no podíamos evitar un ligero escalofrío cada vez que nos cruzábamos con uno.
Pasamos toda la mañana explorando el parque y persiguiendo a los “lagartitos”. Incluso nos subimos a unas barquitas en forma de cisne que había en el lago, y para nuestra sorpresa, eran totalmente gratuitas. Fue una forma muy divertida y relajante de pasar el rato.




Cuando empezó a apretar el hambre, vimos un Burger King y no pudimos resistirnos. Hay que decir que el sabor es prácticamente igual en todos los países, aunque en Tailandia los precios son un poco más bajos y el menú incluye opciones curiosas, como platos con arroz. Después de comer, hicimos una parada rápida en un 7-Eleven para comprar algunas cosas para desayunar los próximos días y regresamos al hotel.
El resto del día lo dedicamos a descansar: una buena siesta, un rato de piscina, algo de tele… y para rematar, pedimos la cena a través de Grab, una aplicación muy popular en Asia para pedir comida a domicilio. Fue el broche perfecto para un día tranquilo, ideal para recargar pilas antes de continuar nuestro viaje.

