KIOTO, KIYOMIZUDERA, BOSQUE DE BAMBU Y RAMEN. Dia 5.
Lluvia, calor y magia en Kiyomizudera

Nuestro quinto día en Japón empezó bien temprano. Desde la estación central de Kioto tomamos el autobús número 206, rumbo al templo Kiyomizudera, uno de los más famosos y visitados de la ciudad.
El cielo amaneció gris y chispeaba ligeramente, pero la lluvia no traía frescor, sino una humedad pegajosa que se mezclaba con el calor. Aun así, el ambiente tenía ese encanto especial que solo Kioto puede ofrecer bajo la lluvia.
Kiyomizudera, cuyo nombre significa “templo del agua pura”, fue fundado en el año 778, en pleno periodo Nara, aunque los edificios actuales datan principalmente del siglo XVII. La historia y la espiritualidad del lugar se sienten desde el primer momento. Pagamos la entrada (400 yenes por persona) y comenzamos a explorar el recinto, donde la arquitectura tradicional y el entorno natural se funden en perfecta armonía.
Ya desde los primeros pabellones se respiraba una energía especial, como si el templo se resistiera —a pesar del turismo— a perder su alma antigua. Poco a poco fuimos avanzando entre edificios, linternas de piedra y caminos que suben entre la vegetación, hasta que de pronto nos encontramos ante una de las estructuras más icónicas del templo: el gran balcón de madera.
Nos impresionó no solo por sus dimensiones, sino por el hecho de que está construido completamente sin clavos ni tornillos. Todo ensamblado con una técnica tradicional que lo mantiene firme desde hace siglos.

Leímos que antiguamente, durante el periodo Edo, existía la creencia de que si uno se lanzaba desde ese balcón y sobrevivía, se le concedería un deseo. Por desgracia (y por lógica), no todos lo contaban, y hubo bastantes muertes antes de que se prohibiera la práctica. Una mezcla de asombro y respeto nos invadió al contemplar esa estructura desde lo alto, con la lluvia cayendo suavemente sobre el bosque que se extendía a nuestros pies.


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Continuamos la visita hasta llegar a la famosa fuente Otowa, cuyas aguas se dividen en tres chorros. Siguiendo la tradición, cogimos una de las largas cucharas metálicas y bebimos tres sorbos, cada uno de un mismo chorro. Un señor muy amable que estaba allí nos explicó el significado de cada corriente: una simbolizaba la salud, otra el amor y la tercera los estudios.

Callejones con historia, sabores callejeros y el mejor ramen de Kioto
Al salir del templo Kiyomizudera, sin planearlo, acabamos en un cementerio que se extiende en la ladera, con vistas impresionantes y lápidas antiguas alineadas en silencio. Fue una parada inesperada pero muy especial, en ese equilibrio tan japonés entre lo espiritual, lo cotidiano y lo bello.


Desde allí comenzamos el descenso por las calles Sannenzaka y Ninenzaka, dos de los paseos más pintorescos y tradicionales de Kioto. Entre escalones de piedra, tiendas de artesanía y farolillos colgantes, uno tiene la sensación de caminar dentro de una postal. Recordábamos haber leído una curiosa leyenda: si te caes en esas cuestas, tendrás siete años de mala suerte. Así que, con precaución (¡y riéndonos del asunto!), bajamos con cuidado mientras esquivábamos grupos de turistas y locales vestidos con trajes tradicionales.
A esas horas, las calles estaban llenísimas, pero eso también le daba vida al lugar. Íbamos paseando sin prisa, disfrutando de los puestos que ofrecían de todo: desde recuerdos hechos a mano hasta comida callejera.
Nos ofrecieron gratis una especie de snack picante, que aceptamos por educación… y que resultó ser muy picante. Pero estaba tan sabroso que nos hizo gracia.
Finalmente llegamos a una pagoda de madera preciosa, la Yasaka no To. Nos sentamos un ratito cerca de allí para recuperar fuerzas y comernos unos onigiris que habíamos comprado por la mañana en un 7-Eleven. Era un rincón tranquilo, con muy buen ambiente, y desde allí vimos pasar a esos hombres que llevan a cuestas unos carros tipo rickshaw, transportando a turistas por las callejuelas del barrio. Muy curioso de ver. También había muchas chicas vestidas con kimono, haciéndose fotos en todos los rincones fotogénicos del lugar.
Seguimos caminando por el barrio de Gion, y de camino nos compramos unas bebidas en una de esas omnipresentes máquinas expendedoras. Probamos una Fanta de uva que sabía exactamente a chuche. Una de esas rarezas japonesas que sorprenden y divierten a partes iguales.
Tras cruzar un canal precioso rodeado de árboles y casitas tradicionales, llegamos al mercado Nishiki. Recorrimos sus calles cubiertas, llenas de luces, olores y delicias. Pasamos por el pequeño templo que hay en uno de los extremos del mercado y, aunque todo tenía una pinta espectacular, no comimos nada porque teníamos un objetivo claro: el ramen.

La noche anterior habíamos intentado cenar en un restaurante llamado Ramen Sen-no-Kaze, pero al llegar tarde nos encontramos con la mala noticia de que ya no les quedaba caldo. Esta vez llegamos con tiempo. Nos apuntamos en una lista y, tras una espera de unos 30 minutos, ¡nos llamaron! Tuvimos mucha suerte: el local era pequeño, solo una barra y una única mesa para cuatro personas… y nos tocó la mesa.
Pedimos un ramen de miso enorme que estaba absolutamente delicioso. El caldo era denso y sabroso, los fideos en su punto, y el conjunto… una maravilla. No pedimos nada más porque terminar ese bowl ya fue una hazaña. Fue una de las mejores comidas del viaje, sin duda.
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Arashiyama entre bambús, lluvia y silencio

Con el estómago lleno y el corazón contento después del ramen, decidimos cambiar de aires. Tomamos un autobús de regreso a la estación central de Kioto y, desde allí, cogimos un tren JR en la línea Sagano (también conocida como Sanin Line) hasta la estación de Saga-Arashiyama. El trayecto dura unos 15 minutos y está incluido en el JR Pass, lo cual nos vino genial.
Nuestra idea era visitar el famoso bosque de bambú de Arashiyama, aunque sabíamos que suele estar muy concurrido. Sin embargo, esta vez la suerte estuvo de nuestro lado. Llovía ligeramente y ya eran alrededor de las cinco de la tarde. Muchas tiendas estaban cerrando —o directamente ya cerradas—, lo cual fue una pequeña pena porque nos apetecía curiosear un poco. Pero, a cambio, tuvimos el bosque casi para nosotros solos.
Y fue mágico.

Pasear entre esos altísimos tallos de bambú, en silencio, con la brisa moviendo las hojas y la lluvia cayendo suavemente, fue uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre. El ambiente era sereno, casi irreal, y por primera vez en todo el viaje sentimos que teníamos un rincón de Japón solo para nosotros.
Después nos acercamos al río Katsura, que discurre junto al barrio. Con la mayoría de los locales cerrados, es cierto que Arashiyama pierde parte de su vida comercial, pero gana en tranquilidad. Nos quedó claro que tendremos que volver con más tiempo y luz para explorar esta zona como se merece.
Antes de tomar el tren de vuelta, descubrimos por casualidad un rincón muy curioso: el llamado «Bosque de los Kimonos», un paseo decorado con columnas cilíndricas cubiertas de telas tradicionales de kimono, ubicado junto a la estación de tren de Arashiyama. Es una instalación moderna y bastante fotogénica, ideal para una última foto antes de despedirnos del lugar.

Ya de regreso en Kioto, hicimos una última parada muy japonesa: el supermercado. Porque sí, ir al supermercado en Japón también cuenta como experiencia cultural. Nos abastecimos con algunas cosas para cenar y desayunar en la habitación, deseando darnos una buena ducha y, por fin, tumbarnos en la cama. Había sido un día largo, pero lleno de momentos inolvidables.
📹 Puedes ver todo lo que te he contado en este post en el video de YouTube que te dejo aquí abajo.




