LO IMPRESCINDIBLE DE BANGKOK. DÍA 5.

Hoy, como cada día en este viaje, nos levantamos bien prontito porque teníamos en mente visitar tres de los lugares más emblemáticos de Bangkok. Después de un desayuno rápido, nos fuimos a la parada de nuestro “bus favorito”, ese que por tan solo 10 baths nos dejaba en la mismísima puerta del Wat Pho, o como es más conocido, el templo del Buda reclinado. Para quien vaya a Bangkok, este autobús es una joya: barato, frecuente y perfecto para moverse por la zona histórica sin necesidad de regateos ni complicaciones.
Este templo es uno de los más antiguos de la ciudad y fue construido en el siglo XVI, aunque fue ampliado y restaurado por el rey Rama I en el siglo XVIII, cuando Bangkok se convirtió en capital tras la caída de Ayutthaya. Es considerado además el centro nacional para la enseñanza de la medicina tradicional tailandesa y los masajes, y alberga la escuela de masajes más antigua del país. De hecho, muchas de las técnicas que hoy se enseñan en todo el mundo nacen precisamente aquí.


Llegamos a primera hora y, para nuestra sorpresa, estábamos prácticamente solos. La entrada cuesta 300 baths por persona. El complejo es muy amplio, con una parte exterior llena de estupas doradas, jardines cuidados y varios edificios decorados hasta el último detalle. Pero, sin duda, el protagonista absoluto es el edificio que alberga al gran Buda reclinado, una estatua impresionante de 46 metros de largo y 15 metros de alto, completamente recubierta de pan de oro, que representa al Buda entrando en el nirvana. ¡Es una auténtica pasada verlo tan de cerca! Y consejo práctico: llevad calcetines si no queréis achicharraros los pies al quitaros los zapatos para entrar.


Paseamos por allí un buen rato, casi en soledad. Y justo antes de irnos, nos quedamos embelesados viendo a un grupo de estudiantes ensayar unas danzas tradicionales en uno de los patios. Fue totalmente inesperado y, entre la tranquilidad del templo y lo pocos turistas que estábamos allí a esa hora, se convirtió en un plus encantador de nuestra visita. Una de esas pequeñas sorpresas que hacen que un lugar ya especial te llegue un poquito más.


De ahí nos fuimos caminando hasta el Gran Palacio, que está a solo 5 minutos, el camino es sencillo, siempre bordeando la muralla blanca que rodea el recinto.
GUIA PRACTICA DE BANGKOK
Ya eran las 9 de la mañana y aquello estaba a reventar. Es sin duda una de las atracciones más visitadas de la ciudad, y da igual a qué hora vayas, siempre hay muchísima gente. Para entrar hay que seguir unas normas de vestimenta muy estrictas: nada de pantalones cortos ni camisetas de tirantes. Nosotros ya lo sabíamos, así que nos llevamos ropa adecuada para ponérnosla antes de entrar. Si no lo llevas, ellos te alquilan o venden prendas, aunque también puedes comprar los típicos pantalones de elefantes en las tiendas de los alrededores (negocio redondo, por cierto).
La entrada cuesta 500 baths por persona, la más cara de todas las que visitamos, pero realmente lo merece. El complejo es gigantesco, con una extensión de más de 200.000 m², lleno de templos, pabellones, patios, salas reales y edificios de estilo tradicional tailandés. Fue la residencia oficial del rey de Tailandia desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX, y todavía se usa en ceremonias importantes, aunque la familia real ya no vive allí.




Nosotros ya habíamos estado hace 16 años, pero volver sigue siendo impresionante. El edificio más importante del recinto es el que alberga al Buda Esmeralda, considerado la imagen budista más venerada de todo el país. Esta pequeña estatua (de apenas 66 cm de alto) está tallada en jade —aunque durante siglos se creyó que era esmeralda— y vestida con túnicas de oro que cambian según la estación del año. La tradición de cambiarle la túnica se remonta al rey Rama I y sigue siendo un acto religioso clave en el calendario tailandés.
El lugar es una auténtica obra de arte por donde lo mires: cada edificio está decorado con cristales, mosaicos, estatuas doradas… ¡un espectáculo visual increíble! Podrías pasar allí toda la mañana y seguir descubriendo rincones.


Cuando ya no nos quedaban más ganas de hacer fotos, salimos del recinto y nos dirigimos andando hacia el río Chao Phraya. Fuimos al embarcadero más cercano y tomamos un ferry para cruzar a la otra orilla y visitar el Wat Arun, también conocido como el Templo del Amanecer. El ferry cuesta unos pocos baths y en apenas dos minutos te planta en la otra orilla.
Aunque lo ideal es visitarlo al atardecer (como su nombre indica), a nosotros nos venía bien hacerlo en ese momento, aunque ya eran casi las 13:00 h y el calor era… brutal. La entrada cuesta 200 baths por persona e incluye una botella de agua (aunque más que refrescarnos, parecía sopa caliente). El templo está compuesto por varias estupas decoradas con mosaicos hechos con cerámica china de colores, resultado del comercio marítimo que llegaba antiguamente al puerto de Bangkok. Al sol brillan como si estuvieran bordadas.
Hace años pudimos subir hasta lo más alto, pero ahora solo se puede llegar a la primera plataforma, suponemos que por seguridad (los escalones son bastante empinados). Desde allí, como está justo a la orilla del río, se tienen unas vistas geniales.
Una curiosidad que nos encantó es que había muchísima gente vestida con trajes tradicionales tailandeses haciéndose fotos profesionales. Puedes alquilarlos allí mismo si te apetece llevarte ese recuerdo tan especial. Es muy común entre turistas chinos y tailandeses y da un ambientazo precioso al templo.


A esas alturas ya no podíamos más. Necesitábamos aire acondicionado urgente y también comida. Así que nos fuimos directos al barrio de Siam, una de las zonas más modernas de la ciudad, repleta de centros comerciales espectaculares. Es el corazón comercial de Bangkok: si existe, está allí.
Llegamos en el BTS (el tren elevado) y fuimos directos a buscar algo que nos apetecía muchísimo: sushi. Terminamos en el Siam Paragon, donde descubrimos que había un Sushiro, una cadena japonesa de sushi en cinta transportadora que habíamos probado en Osaka y nos encantó. Como en Japón, pides por tablet y la comida te llega directamente a la mesa. Comimos genial los tres por unos 25 € al cambio, ¡ni tan mal!
Después dimos una vuelta por las tiendas, y luego fuimos caminando hasta otro centro comercial muy famoso, el MBK, conocido por vender productos de imitación, ropa, tecnología y souvenirs. Antes de llegar pasamos por una avenida llena de pantallas y edificios altísimos que nos recordó muchísimo a Tokio. De verdad, esta ciudad ha cambiado muchísimo. Una cosa que nos llamó la atención fue la cantidad de motos aparcadas por todas partes, con los cascos sueltos en los manillares… ¡y nadie los roba! Eso en nuestro país sería impensable.
El MBK es como un mercado callejero pero cubierto, con de todo. No quisimos comprar nada grande aún porque aún nos quedaba viaje por delante y no queríamos ir cargados. Así que, cuando ya estábamos un poco saturados, subimos a la planta superior, donde hay un gran salón de recreativos. Samuel se lo pasó pipa probando algunas maquinitas de las que tanto gustan en Asia y que no habíamos visto nunca antes.
Antes de volver al hotel, hicimos una parada en un Donki que encontramos justo al lado del MBK. Bangkok no paraba de recordarnos a nuestro viaje a Japón… y es que seguimos soñando con volver.
Al llegar al hotel, compramos algo de cena en el 7-Eleven (nuestro salvavidas diario) y a dormir, que al día siguiente nos esperaba un buen madrugón para ir al aeropuerto y seguir descubriendo Tailandia. Por suerte, ¡aún teníamos otros tres días reservados para volver a Bangkok al final del viaje.
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