CHIANG MAI: TEMPLOS, MOTOS Y UN ATARDECER DE PELICULA. DIA 8.
Desayuno incluido y primeras decisiones del día
Nos levantamos temprano y bajamos a desayunar en el hotel, ya que en esta ocasión lo teníamos incluido. Y oye, empezar el día con el estómago lleno y las pilas cargadas siempre suma puntos.
Con el desayuno dentro, pusimos rumbo a un local cercano que habíamos fichado en Google Maps por sus buenas reseñas: Motorbike Chiang Mai. Nos atendió la dueña, una señora encantadora que, para nuestra sorpresa, hablaba inglés infinitamente mejor que nosotros (nivel pro, el nuestro era más bien “gestos y sonrisas”).

Alquiler de moto en Chiang Mai (decisión top)
Alquilamos dos motos por 200 bahts al día cada una y decidimos quedárnoslas durante los cinco días que íbamos a estar en la ciudad. Dejamos un depósito, que nos devolvieron sin ningún problema al final.
Como siempre hacemos, antes de arrancar hicimos fotos a las motos delante de la dueña, para dejar constancia de cualquier rasguño previo. No es desconfianza… es experiencia viajera .
Con los cascos puestos y los chubasqueros preparados (porque sí, empezó a llover otra vez), arrancamos nuestra ruta por Chiang Mai.

Wat Phra Singh, uno de los templos más importantes
Nuestra primera parada fue el Wat Phra Singh, uno de los templos más importantes y venerados de la ciudad.
Chiang Mai tiene más de 300 templos, así que hay que elegir bien, y este es un imprescindible. Data del siglo XIV, la entrada es gratuita y es un templo real, lo que significa que alberga ceremonias oficiales y una gran escuela de monjes.
El complejo está formado por varios edificios, estupas doradas y chedis restaurados con muchísimo mimo. La joya del templo es la imagen del Phra Singh Buddha, una de las más veneradas del norte de Tailandia.
Y justo cuando estábamos embobados con el lugar… dejó de llover. Timing perfecto.




Wat Phan Tao, una sorpresa inesperada
De camino a nuestro siguiente destino nos encontramos, casi por casualidad, con el Wat Phan Tao, un templo que no teníamos en la lista pero que nos llamó la atención. Y menos mal que entramos.
Está construido íntegramente en madera de teca y su sala principal alberga un precioso Buda dorado en una atmósfera muy especial. La entrada es gratuita y, sin duda, merece una visita aunque no lo tengas planeado.


Wat Chedi Luang y sensaciones encontradas
Justo al lado se encuentra el Wat Chedi Luang, que sí teníamos previsto visitar. Lo primero que encontramos fue el edificio que alberga el pilar de la ciudad, un lugar sagrado… pero con una norma que no nos gustó nada: las mujeres no pueden entrar.
La razón que dan es que las mujeres pueden “romper la santidad del lugar debido a la menstruación”. Respeto las creencias, pero no voy a negar que me sentí frustrada, sobre todo al ver las pinturas que narran la historia de la ciudad… y saber que solo podía verlas en fotos.
Por suerte, el plato fuerte estaba fuera: las impresionantes ruinas del antiguo chedi, que llegó a medir 80 metros de altura y fue el más grande del Reino de Lanna. Durante un tiempo, aquí se custodió nada menos que el Buda Esmeralda, hoy en el Gran Palacio de Bangkok.
Las esculturas de elefantes, serpientes y relieves hacen volar la imaginación. Una auténtica pasada.
Sala de rezos y normas en los templos
Antes de irnos, entramos en la sala de rezos, donde hay una gran imagen de Buda de pie, flanqueada por dos discípulos.
Como iba en pantalón corto, me prestaron un pareo en la entrada, algo muy habitual en los templos budistas. Y, por supuesto, descalzos. La entrada también es gratuita.






Wat Sri Suphan, el famoso Templo Plateado
De vuelta a las motos (cada vez más convencidos de que fue un acierto), pusimos rumbo al Wat Sri Suphan, conocido como el Templo Plateado.
Antes de llegar, entramos en un pequeño templo lleno de ofrendas de billetes, una parada curiosa y muy diferente.
En el Wat Sri Suphan pagamos 50 bahts de entrada, pero nos llevamos otra pequeña decepción: las mujeres tampoco pueden entrar. Una pena, porque por fuera ya parece sacado de un cuento, todo cubierto de plata con detalles impresionantes.
Este templo fue decorado poco a poco por los artesanos del barrio, famoso por su trabajo con la plata. Emi y Samuel entraron y salieron fascinados; dijeron que por dentro es aún más espectacular. Habíamos leído que de noche lo iluminan y se vuelve mágico… pero no lo pudimos comprobar.




Hora de comer: Pad Thai bien merecido
Después de tanta belleza, el cuerpo pidió comida. Fuimos a un restaurante justo al lado del templo llamado Good Day, con muy buenas valoraciones, donde nos comimos un pad thai delicioso. Descanso merecido y estómagos felices.

Wat Chiang Man, el templo más antiguo de Chiang Mai
Por la tarde visitamos el Wat Chiang Man, el templo más antiguo de Chiang Mai, fundado en 1296 por el rey Mengrai, quien vivió aquí mientras se construía la ciudad.
Este templo guarda auténticos tesoros: dos pequeñas imágenes de Buda, una de mármol y otra de cristal, con más de 2.500 años de antigüedad, además de la imagen más antigua del Reino de Lanna.
El recinto es una maravilla: salas de oración, meditación, biblioteca, un chedi con elefantes incrustados y un pequeño lago con un pabellón encantador. Lo mejor de todo es que lo tuvimos casi para nosotros solos. La entrada también es gratuita.




Wat Jet Lin, el broche perfecto al día
Pensábamos que ya habíamos terminado con los templos, pero de camino al hotel apareció el Wat Jet Lin. A simple vista no parecía gran cosa… pero algo nos empujó a entrar.
Y menos mal. Detrás del templo principal hay un estanque con lotos y un camino de bambú por el que los monjes pasean para meditar. Con el atardecer dorándolo todo y completamente solos, sentimos que estábamos viviendo uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre. El final perfecto.




Piscina, mercadillo nocturno y cierre redondo del día
Después de la visita al Wat Jet Lin, volvimos al hotel con esa sensación tan buena de haber vivido algo especial. Aprovechamos para darnos un baño relajante en la piscina, que después de un día tan intenso entre templos y motos nos sentó de lujo.
Con las pilas algo recargadas, salimos a dar una vuelta por el mercadillo nocturno. Paseamos sin prisas, curioseamos entre los puestos, compramos alguna cosilla y simplemente disfrutamos del ambiente nocturno de Chiang Mai, que tiene un encanto muy especial.
Y entonces pasó lo inevitable: al pasar por delante del McDonald’s, nuestras fuerzas flaquearon. No hubo resistencia posible. Así que terminamos el día cenando una archiconocida Big Mac, porque a veces el cuerpo pide templo… y otras veces pide hamburguesa.


Con la cena resuelta, regresamos al hotel a descansar, que al día siguiente nos esperaba otro gran día de viaje.
