KOH SAMUI, PLAYAS , TEMPLOS Y MERCADILLOS. Día 13.
Nos despertamos en nuestro hotel en la zona suroeste de Koh Samui con un desayuno frente al mar . Nada como arrancar el día con esas vistas y las pilas cargadas. Después de desayunar, subimos a las motos que habíamos alquilado el día anterior (250 THB al día, casco incluido, aunque el precio puede variar según la zona y la temporada) y nos lanzamos a recorrer la isla.

Na Muang Waterfalls
Nuestra primera parada fueron las Na Muang Waterfalls, unas cascadas espectaculares rodeadas de selva tropical y situadas muy cerca de nuestro alojamiento. En realidad, el lugar cuenta con dos cascadas diferentes, cada una con su propio encanto.
La Na Muang 1 es la más accesible, ya que se llega fácilmente desde el aparcamiento tras apenas cinco minutos caminando. La Na Muang 2, en cambio, requiere una pequeña caminata de unos 20-25 minutos, pero el esfuerzo merece la pena.
La entrada es gratuita, aunque a veces pueden cobrar entre 20 y 40 THB por el parking. Aquí aprovechamos para hacer muchísimas fotos y disfrutar con calma del sonido del agua, el frescor y el entorno natural.




Mr Mong Samui Viewpoint
De camino a un restaurante que teníamos guardado en Google Maps, nos topamos casi por casualidad con el Mr Mong Samui View Point, un mirador que nos llamó muchísimo la atención.
Decidimos parar y fue todo un acierto. Allí nos tomamos unos cocos fresquitos, que cuestan entre 60 y 80 THB, mientras disfrutábamos de unas vistas espectaculares de la isla desde lo alto. Una parada improvisada que terminó siendo uno de esos recuerdos que se quedan grabados.




Hin Ta y Hin Yai Rocks
Continuamos nuestra ruta hasta las famosas Hin Ta y Hin Yai Rocks, conocidas popularmente como las rocas del Abuelo y la Abuela. Su fama se debe a su peculiar forma: una recuerda claramente a un pene y la otra a una vulva.
Según la leyenda local, estas rocas simbolizan la fertilidad y el amor eterno de una pareja mayor que falleció en el mar. Más allá de la anécdota, el entorno es precioso.
Aquí aprovechamos para darnos un baño increíble entre las rocas, en un agua cristalina que parecía una auténtica piscina natural. La entrada es gratuita y la playa está justo al lado, lo que lo convierte en una parada muy completa.




Crystal Bay (Silver Beach)
Como aún teníamos ganas de mar, pusimos rumbo a Crystal Bay, también conocida como Silver Beach. Se trata de una playa verdaderamente paradisíaca, con aguas transparentes, arena blanca, formaciones rocosas y mucha vegetación alrededor.
El acceso a la playa es público, aunque muchos entran a través de los resorts cercanos. Además, es posible alquilar tumbonas y sombrillas, y en la zona hay varios lugares donde comer o incluso hacerse masajes junto al mar.




Almuerzo y relax en el hotel
Después de tanta playa ya teníamos hambre, pero también estábamos cubiertos de arena y sal, así que decidimos volver al hotel para comer allí y aprovechar sus instalaciones.
Nos pedimos unas hamburguesas que nos supieron a gloria y después nos dimos un buen baño en la piscina con vistas al mar. Tras una ducha rápida y una siesta reparadora, estábamos listos para seguir explorando la isla.




Templos del noroeste de la isla
Por la tarde volvimos a coger las motos y nos dirigimos al noroeste de Koh Samui para visitar algunos de los templos más impresionantes de la isla, conocidos por sus gigantescas estatuas de Buda.
Nuestra primera parada fue el Big Buddha Temple (Wat Phra Yai), hogar del icónico Buda dorado de 12 metros, uno de los símbolos más reconocibles de Koh Samui. Aún quedaba algo de luz y, aunque se acercaba la hora de cierre, pudimos disfrutar de la majestuosidad del lugar sin apenas turistas alrededor. La sensación de estar casi solos frente a semejante figura, con el sol bajando en el horizonte, hizo que la visita fuera realmente especial.
Después nos dirigimos a Wat Plai Laem, un conjunto de templos rodeado de pequeños lagos que al reflejar las estatuas y el cielo creaba una atmósfera mágica. Allí encontramos varias figuras fascinantes: un Buda regordete gigante, la espectacular Guanyin de 18 brazos y templos donde coincidimos con una ceremonia, con monjes y discípulos rezando en silencio. El entorno, el agua tranquila, la luz del atardecer y la ausencia de multitudes hicieron que todo se alineara para vivir un momento único… aunque con un pequeño sobresalto: al poco de llegar, escuchamos cómo cerraban las verjas y tuvimos que salir a toda prisa para no quedarnos encerrados.
Curiosidad: La entrada es gratuita, aunque se recomienda dejar una donación simbólica de 20 a 50 THB.




Fisherman’s Village y Night Market
Para cerrar el día nos acercamos a Fisherman’s Village, un encantador pueblecito al norte de la isla con un ambiente único. Desde el primer momento se percibe una mezcla de tranquilidad costera y vida nocturna, con bares frente al mar, restaurantes modernos y tiendas de ropa, souvenirs y artesanía local que llenan las calles de color y movimiento.
El mercadillo nocturno es el corazón del lugar: un gran food court al aire libre con múltiples puestos de comida, un escenario central con actuaciones en directo y un ambiente animado que hace que apetezca quedarse un buen rato. Entre todos los puestos, nos llamó especialmente la atención un kebap gigante, sabroso, barato (unos 100 THB) y perfecto para cenar mientras disfrutábamos de la música y las luces del mercado.
Además de los puestos, el área está rodeada de beach clubs de estilo muy cuidado, bastante caros, y varios hoteles que se integran perfectamente con el entorno. Por la noche, la zona se llena de gente disfrutando de la marcha, aunque nosotros, algo cansados después de un día intenso, dimos un paseo tranquilo, tomamos algo rápido y regresamos al hotel.
Como en muchos lugares de Tailandia, también nos sorprendieron los locales donde se podía fumar marihuana, un detalle que, sin duda, le da un toque particular al ambiente local.

Fin del día
Con el estómago lleno y el cuerpo rendido, iniciamos el regreso al hotel en moto. El camino no era corto y, para añadir un toque de aventura inesperada, una de las motos empezó a fallar hasta que, finalmente, nos dejó tirados en mitad del trayecto.
Menos mal que habíamos alquilado las motos en el mismo hotel, que contaba con recepción 24 horas. Contactamos con ellos por WhatsApp en inglés, les pasamos nuestra ubicación exacta y, en menos de lo que esperábamos, vinieron a recogernos en una furgoneta y nos cambiaron la moto.
En fin, cosas que pasan: los viajes no son perfectos, pero son estas pequeñas aventuras —y contratiempos— las que luego se recuerdan con una sonrisa. Al llegar al hotel, tocaba descansar, porque al día siguiente nos esperaba una de las excursiones más impresionantes del viaje: el Parque Nacional Marino de Ang Thong.

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