PEKIN; LLUVIA, HUTONGS Y UN DIA QUE SE TORCIÓ. DIA 2.

Nos despertamos en Pekín con ese silencio raro de las ciudades enormes cuando aún no han arrancado del todo. Desayunamos en la habitación con lo que habíamos comprado la noche anterior en 7-Eleven: cafés, unos bollitos y unos batidos rápidos. No era el desayuno de un hotel cinco estrellas, pero sí el de una familia con ganas de comerse el día.

A la vuelta de la esquina teníamos la entrada al metro, así que en cuestión de minutos estábamos rumbo a nuestro primer destino: Dashibei Hutong.


El encanto de los hutongs

Por si alguien no lo sabe, un hutong es un barrio tradicional de callejuelas estrechas y casas antiguas con patio interior. Son el Pekín de antes, el auténtico, el que respira historia en cada esquina.

Y este nos enamoró.

Calles empedradas, fachadas antiguas, farolillos, tiendecitas con encanto… y al lado, un lago precioso con flores de loto flotando, pabellones típicos chinos y pequeñas barcas deslizándose con calma. Aunque empezó a lloviznar y tuvimos que comprar unos paraguas, el ambiente era mágico.

Además, después de tantos veranos viajando por Asia con calor asfixiante, nos sorprendió muchísimo que en Pekín no hiciera ese calor insoportable. Al estar más al norte, la temperatura era bastante más llevadera. Y se agradece, porque caminar caminamos… y mucho.


Las Torres del Tambor y la Campana

Desde el hutong fuimos andando hasta las Torres del Tambor y de la Campana, dos construcciones históricas que antiguamente marcaban el ritmo de la ciudad: el tambor sonaba al amanecer y la campana al anochecer. Eran el reloj oficial del Pekín imperial.

Nos hicimos unas fotos preciosas allí… justo antes de que el cielo decidiera abrirse sin contemplaciones.

De repente, lluvia fuerte. Pero fuerte de verdad. De esa que te hace pasar del “qué bonito todo mojado” al “corre, corre, corre”.


El primer chasco: Parque Jingshan cerrado

Salimos disparados y nos subimos a un taxi rumbo al Parque Jingshan, que está justo enfrente de la Ciudad Prohibida.

Aquí empieza nuestro pequeño drama.

Antes del viaje nos enteramos de que, durante nuestras fechas, habría un desfile militar conmemorativo por una guerra ganada por China a Japón. Por ese motivo no pudimos reservar entradas para la Ciudad Prohibida. Pensamos que solo afectaría a eso.

Pues no.

Llegamos al parque… y estaba cerrado. Nos dijeron, a través del traductor, que por la lluvia. Y mientras tanto, veíamos gente dentro de la Ciudad Prohibida.

Confusión máxima.
No entendimos qué pasó realmente. ¿Restricciones especiales? ¿Error en la reserva? ¿Simple mala suerte?


El segundo chasco y el diluvio universal

Decidimos caminar hasta otro parque cercano desde donde, en teoría, había buenas vistas del Palacio de Verano.

Después de una buena caminata bajo el cielo gris… cerrado también. Alerta meteorológica.

Y entonces sí: empezó el diluvio universal. Nos refugiamos en una parada de autobús, esperando que parara. No paró. Teníamos hambre. Los pies empezaban a estar empapados. El día se estaba torciendo claramente.


El salvavidas llamado Didi y el imperio del QR

Decidimos pedir un DiDi, que es como el Uber chino. Mano de santo cuando la comunicación es complicada: escribes la dirección en la app y listo. Además, es muy barato.

Nos fuimos a un centro comercial enorme, el Beijing Joy City, buscando refugio y comida.

Entramos en un restaurante cuyo nombre, sinceramente, soy incapaz de reproducir. Todo en chino. Nos sentamos y pedimos la carta. Nos señalaron un QR.

Claro. En China todo funciona con QR. Absolutamente todo.

Había que escanearlo, entrar en WeChat y hacer el pedido desde el móvil. El problema: todo en chino y sin opción a cambiar idioma. Dos móviles, uno traduciendo, el otro intentando avanzar… y encima me daba error.

Después de un buen rato peleándonos con la tecnología, pedimos ayuda. Una camarera, con traductor mediante, nos hizo el pedido.

Preguntamos varias veces si los platos picaban. Nos dijeron que no.
De los cuatro platos que pedimos, dos picaban como si quisieran probar nuestra resistencia mental.

Estaban buenísimos, eso sí. Pero nuestra tolerancia al picante… limitada. Muy limitada.

Por suerte, el restaurante tenía buffet de bebidas, entrantes y postres, así que conseguimos equilibrar el incendio bucal. Precio final: unos 22 euros los cuatro. Imbatible.

Eso sí, fuimos el entretenimiento del turno. Los camareros nos miraban con curiosidad, comentaban entre ellos, se reían… nada incómodo, pero estaba claro que no somos lo más habitual por allí.


El Mercado de la Seda y las miradas sin filtro

Después de pasar por el hotel a cambiarnos los calcetines (prioridades básicas cuando llevas los pies mojados todo el día), salimos hacia el Mercado de la Seda.

Un gran centro comercial famoso por el regateo. Ropa, seda, souvenirs, electrónica… y precios que empiezan en el doble (o más) de lo que realmente cuestan. Aquí el regateo no es opcional, es parte del espectáculo.

Y allí, curiosamente, nos cruzamos con los primeros españoles del viaje. En China siempre hay una constante: si hay regateo, hay españoles.

Algo que nos sorprendió mucho durante el día fue la curiosidad de la gente. En el metro nos miraban sin disimulo. Literalmente. Sin filtro. Algún niño se acercó a saludarnos o a decir alguna palabra en inglés. Nos esperábamos eso en zonas más rurales, pero no en una ciudad como Pekín. Fue muy curioso y, en el fondo, bastante entrañable.


Cena sencilla y un final tranquilo

Antes de volver al hotel pasamos por 7-Eleven para comprar la cena del día siguiente: sándwiches, onigiris, patatas y Coca-Cola. Al día siguiente tocaba madrugón épico, así que la idea era cenar tranquilos en la habitación.

Y así terminó el día: secos por fin, cenando en pijama, comentando todo lo que había salido mal… y riéndonos un poco de nuestra mala suerte.

Porque sí, fue un día con chasco tras chasco, lluvia y planes truncados.
Pero también fue un día de aprendizaje, de adaptación y de esas historias que luego recuerdas con una sonrisa.

Y lo mejor estaba por llegar.

Al día siguiente nos esperaba algo gigantesco.

La Gran Muralla.

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