RUTA DE TEMPLOS POR KIOTO, Día 4.
Nuestro primer día en Kioto: tradición, templos y senderos de paz

Tras disfrutar de nuestros primeros días en Japón con la magia de Universal Studios Japan en Osaka, emprendimos una nueva etapa del viaje rumbo a una de las ciudades más emblemáticas del país: Kioto.
Salimos temprano por la mañana con mucha emoción por descubrir esta antigua capital imperial, que durante más de mil años fue el centro político y cultural de Japón.
Kioto es conocida por su inmensa riqueza histórica, albergando más de 2.000 templos y santuarios.
Diseñar un itinerario entre tantos lugares icónicos no fue tarea sencilla, así que optamos por organizar las visitas por zonas.
En este primer día, decidimos explorar el sector noreste del tradicional barrio de Higashiyama, una de las áreas más pintorescas y espirituales de la ciudad.
Templo Ginkaku-ji: la elegancia del “Templo Plateado”

Nuestra primera parada fue el Ginkaku-ji (銀閣寺), conocido como el “Pabellón de Plata”.
Para llegar desde nuestro hotel, fuimos caminando hasta la estación de Kioto y nos dirigimos a la terminal de autobuses. Antes, pasamos por la oficina de turismo para adquirir un pase diario que permite utilizar el transporte público de forma ilimitada, una opción muy práctica para moverse por la ciudad.
Un dato curioso del transporte en Japón es que se entra al autobús por la puerta trasera y se paga al salir, por la parte delantera, lo cual es bastante diferente al sistema que usamos en España.
Para llegar al templo, se puede tomar el autobús número 5, 17 o 100. Nosotros inicialmente subimos al autobús 17 de color rojo por error, pero un amable señor nos indicó que necesitábamos el 17 azul, y gracias a él llegamos sin problemas.
Visitamos el Ginkaku-ji a primera hora de la mañana, lo que nos permitió disfrutar del recinto con muy poca gente.
La entrada cuesta 500 yenes por persona.
PRESUPUESTO DE NUESTRO VIAJE A JAPÓN.
Aunque se le conoce como el “Templo Plateado”, en realidad nunca fue revestido de plata. Originalmente, el shōgun Ashikaga Yoshimasa —quien lo mandó construir en 1482 como su villa de retiro— planeaba cubrir el pabellón con láminas de plata, a imitación del famoso Kinkaku-ji (Templo Dorado). Sin embargo, debido a problemas financieros y al fallecimiento de Yoshimasa, el plan nunca se concretó.
Aun así, el templo emana una elegancia sobria que lo hace especial por derecho propio.
Su jardín es una obra maestra del paisajismo japonés: cuenta con un delicado jardín zen de arena blanca, un arroyo sereno y senderos que suben por la colina ofreciendo vistas encantadoras del entorno.

El Paseo del Filósofo y el templo Honen-in

Al salir del Ginkaku-ji, continuamos por uno de los senderos más célebres de Kioto: el Paseo del Filósofo (Tetsugaku no Michi).
Este agradable recorrido bordea un canal flanqueado por cerezos, y debe su nombre al filósofo Nishida Kitarō, quien solía meditar mientras caminaba por aquí. Aunque lo visitamos fuera de la temporada de floración, el camino tiene un encanto atemporal, pero es durante la primavera, con los sakura en flor, cuando se vuelve realmente mágico.
Muy cerca del Ginkaku-ji, descubrimos el templo Honen-in, una joya escondida y de entrada gratuita.
Este pequeño templo budista, rodeado de vegetación, es un remanso de paz. Su entrada, con un techo de paja y montículos de arena cuidadosamente peinados, refleja la estética refinada del budismo de la Tierra Pura. Fue fundado en honor al monje Hōnen, figura clave en la historia religiosa de Japón.
Su atmósfera serena y ausencia de multitudes lo convierten en un lugar ideal para hacer una pausa contemplativa.


Nanzen-ji: imponencia y espiritualidad
Siguiendo el Paseo del Filósofo, llegamos al imponente Nanzen-ji, uno de los templos zen más importantes del país. Fundado en el siglo XIII, fue patrocinado por el emperador Kameyama y desempeñó un papel fundamental en la difusión del budismo zen en Japón.
A diferencia del Honen-in, el Nanzen-ji es un vasto complejo con numerosos edificios y jardines.
La entrada al recinto principal es gratuita, aunque algunas estructuras interiores requieren un ticket adicional.
Lo primero que llama la atención es su monumental Sanmon, una puerta de madera de 22 metros de altura desde la cual se obtienen vistas panorámicas de la ciudad.

Otro elemento muy particular del templo es el acueducto de ladrillo rojo, construido durante el periodo Meiji como parte del sistema de canalización del lago Biwa. Su estilo occidental contrasta con la arquitectura tradicional japonesa, pero ha sido perfectamente integrado en el entorno, dándole un aire singular al lugar.

Visita al Templo Heian y el canal Okazaki
Tras continuar nuestro paseo por Kioto, y después de aproximadamente 20 minutos caminando, llegamos a uno de los templos más emblemáticos que teníamos en nuestra lista: el Templo Heian.
Antes de llegar al recinto, nos encontramos con un rincón especialmente pintoresco: el Canal Okazaki, un cauce tranquilo rodeado de vegetación que ofrece una postal encantadora, especialmente en primavera durante la floración de los cerezos. En verano, sin embargo, se viste de verde intenso y calma. Fue un momento perfecto para detenernos a apreciar el entorno y tomar algunas fotos.
Poco después, casi como surgido de la nada, se alza imponente el gran tori rojo del templo, una estructura monumental que cruza dos carriles de carretera y sirve como preludio visual al santuario. Este tori, de más de 24 metros de altura, es uno de los más grandes de Japón y marca simbólicamente la entrada a un espacio sagrado.

El Templo Heian, construido en 1895 para conmemorar los 1100 años de la fundación de Kioto como capital imperial, es un homenaje a los emperadores Kammu y Komei. Aunque en realidad es una reconstrucción a escala del antiguo Palacio Imperial de la época Heian, el templo destaca por su arquitectura colorida y su atmósfera amplia y serena.
La entrada al templo principal es gratuita, aunque los jardines —famosos por sus estanques, puentes y paisajes meticulosamente cuidados— requieren entrada de pago.
Nos quedamos con muchas ganas de visitarlos, pero el tiempo apremiaba y queríamos seguir con nuestra ruta de templos por lo que finalmente decidimos dejarlo para otra ocasión.
A pesar de no entrar a los jardines, disfrutamos de los detalles estacionales que decoraban el templo.
Al ser finales de junio, era posible ver los furin, pequeñas campanillas de vidrio típicas del verano japonés, cuyo tintineo delicado se asocia con la brisa fresca en los días calurosos.

En el patio central también nos encontramos con un gran anillo de paja, conocido como chinowa. Según la tradición sintoísta, pasar tres veces por este anillo —siempre hacia la izquierda— sirve para purificar el alma y atraer buena fortuna. Una experiencia curiosa y simbólica que, por supuesto, no quisimos dejar pasar.

Una entrada escondida y una salida de película
Desde el templo Heian seguimos caminando tranquilamente por las calles de Kioto, rodeados de árboles y pequeñas casas tradicionales.
En unos 15-20 minutos llegamos al templo Chion-in, aunque no por la espectacular entrada principal, sino por una discreta puerta trasera que encontramos casi por casualidad. Esta entrada nos llevó directamente al corazón del complejo, y pronto nos vimos rodeados por la atmósfera solemne de este importante lugar de culto.

Chion-in es el templo principal de la escuela Jōdo del budismo japonés, fundada por el monje Hōnen en el siglo XII. El templo actual se construyó en el siglo XVII y ha sido uno de los centros más influyentes del budismo de la Tierra Pura. Su historia se respira en cada rincón, desde los pabellones hasta los caminos de piedra.
Nos acercamos al pabellón principal (Miei-dō), un edificio imponente donde se encuentra consagrada una imagen del propio Hōnen. El ambiente era muy tranquilo, con apenas unos pocos visitantes, lo que nos permitió disfrutar del silencio y la espiritualidad del lugar.
Tras recorrer parte del recinto, descendimos por una larguísima escalera de piedra que desemboca en la monumental puerta Sanmon. Esta es una de las estructuras de madera más grandes de Japón, con más de 24 metros de altura, y fue construida en 1619. Es tan impresionante que incluso aparece en la película El Último Samurai, lo cual descubrimos con sorpresa y emoción al estar allí.

Desde esta salida principal, continuamos nuestro paseo hacia el cercano parque Maruyama, dejando atrás el templo con la sensación de haber descubierto una joya un poco escondida del Kioto más tradicional.
Desde la imponente puerta Sanmon de Chion-in, retomamos nuestro camino a pie y, en apenas unos minutos, entramos en el parque Maruyama.
Este es uno de los espacios verdes más conocidos de Kioto, especialmente popular durante la temporada del hanami, cuando los cerezos florecen y el parque se llena de vida.
Aunque no era época de floración durante nuestra visita, el lugar seguía siendo precioso, con senderos tranquilos, estanques, puentes de piedra y una atmósfera relajada perfecta para descansar un rato del ritmo del día.

Entre árboles, linternas de piedra y grupos de locales paseando o haciendo fotos, acabamos, casi sin darnos cuenta, cruzando un torii de piedra que marcaba la entrada al templo Yasaka.
Yasaka es uno de los santuarios sintoístas más emblemáticos de Kioto, especialmente conocido por acoger el famoso festival Gion Matsuri cada verano. Su arquitectura vibrante, con los característicos tonos rojo bermellón y blanco, contrasta con la serenidad que traíamos del paseo, y de pronto nos encontramos en un espacio lleno de energía y movimiento, con muchas personas encendiendo incienso, haciendo plegarias o simplemente disfrutando del ambiente.



Al salir del Templo, el hambre ya apretaba con fuerza, así que comenzamos a buscar algún restaurante cercano para almorzar. Sin embargo, nos topamos con una de esas diferencias culturales que uno no siempre tiene en cuenta al viajar: en Japón, la hora habitual para comer es entre las 11:30 y las 13:00, por lo que pasadas las dos de la tarde, muchos locales ya estaban cerrando sus cocinas o directamente no aceptaban más clientes.

Caminamos durante un buen rato bajo el sol del mediodía, con los pies doloridos y el cansancio acumulado del día haciéndose notar. Finalmente, tuvimos que rendirnos ante la evidencia: nuestras únicas opciones abiertas eran cadenas internacionales. Y así fue como, con algo de resignación (y bastante hambre), acabamos en un Starbucks, donde nos repusimos con un sándwich y un batido frío.
Sabíamos que, en una ciudad como Kioto , cuna de una de las gastronomías más refinadas del país, esto era casi un sacrilegio culinario. Pero a veces, el cuerpo manda y no hay mejor manjar que el que llega cuando más lo necesitas, aunque venga envuelto en pan blanco y acompañado de una pajilla verde.
Prolongamos un poco más nuestro descanso en el Starbucks, ya que, para completar el momento, empezó a llover. Era una de esas lluvias suaves pero persistentes, tan típicas en Japón, así que esperamos a que amainara un poco antes de seguir el camino. En cuanto vimos una ventana de oportunidad, nos acercamos a una tienda cercana y compramos el clásico paraguas transparente que todo el mundo lleva allí —esos que te hacen sentir, de algún modo, integrado en el paisaje japonés.
De Gion a Pontocho: una noche mágica bajo la lluvia
Con nuestro nuevo paraguas en mano, nos dirigimos al barrio de Gion, que estaba justo al lado. Pasear por sus calles estrechas, con casas de madera, faroles encendidos y ese aire antiguo que parece sacado de otra época, fue como retroceder en el tiempo. Aunque no vimos geishas, la atmósfera del barrio al atardecer ya era suficiente recompensa.

Seguimos caminando, cruzamos el puente sobre el río Kamo y, ya entrada la noche, llegamos a la calle Pontocho. Estaba preciosa. Las luces cálidas de los restaurantes, reflejadas en los charcos aún frescos de la lluvia, le daban un encanto especial. Es una de esas calles que invitan a perderse sin prisa, aunque en nuestro caso, los pies ya nos pedían tregua a gritos.

Decidimos entonces que era momento de volver al hotel, así que nos dirigimos hacia la parada de autobús en la animada calle comercial de Shijo Kawaramachi. Pero, como si Kioto aún no quisiera dejarnos marchar, nos topamos con un gigantesco Don Quijote. No pudimos resistir la tentación de entrar.
Allí dentro, el cansancio se nos olvidó por un momento. El lugar era un festival de productos extraños, frikis, útiles y completamente absurdos: desde cosméticos con envases imposibles hasta snacks con sabores inidentificables, disfraces, gadgets de todo tipo y montones de souvenirs. Estuvimos un buen rato explorando los pasillos, fascinados por el caos ordenado de este paraíso del consumo japonés.

Ahora sí, después de la última aventura del día, regresamos al hotel completamente agotados, con los pies molidos, pero con esa satisfacción que solo deja un día bien vivido.
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