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ESTAMBUL: MEZQUITAS, BAZARES Y DESPEDIDAS. DÍA 2.

Nos levantamos temprano y bajamos a desayunar al buffet del hotel Gran Yavuz, que teníamos incluido. La verdad, muy completo y rico, ideal para empezar el día con energía. Después de recoger nuestras cosas, salimos a exprimir las últimas horas en Estambul antes de poner rumbo al aeropuerto.

Nuestra primera parada fue la Mezquita Azul, ya que la noche anterior no habíamos podido entrar. Llegamos pronto, así que fuimos de las primeras personas en acceder cuando abrió, a las 8:30 de la mañana (aunque los horarios pueden variar según el día o la oración, lo ideal es consultarlos antes de ir). La entrada es gratuita, pero hay que cumplir unas normas de vestimenta: hombros y rodillas cubiertos, y las mujeres deben llevar la cabeza tapada. Yo, que soy previsora, llevé mi propio pareo, pero si no llevas, te prestan uno allí mismo. También hay que descalzarse antes de entrar.

Entiendo que para algunos estas normas puedan parecer molestas, pero en mi opinión, nadie te obliga a entrar. Si lo haces, lo mínimo es respetar las costumbres del lugar, independientemente de si estás de acuerdo o no, o si eres creyente o no. Nosotros somos ateos, pero nos encanta conocer y respetar las tradiciones allá donde vamos. Es una forma de entender mejor el mundo y a quienes lo habitan.

La mezquita por dentro es una auténtica maravilla: alfombras que cubren todo el suelo, lámparas colgantes que llenan el espacio de luz suave y una atmósfera de recogimiento que emociona, seas o no religioso.

Un poco de historia: La Mezquita Azul, oficialmente llamada Mezquita del Sultán Ahmed, fue construida entre 1609 y 1616 por orden del sultán Ahmed I. Se la conoce como «azul» por los más de 20.000 azulejos de cerámica de Iznik en tonos azules que decoran su interior. Tiene seis minaretes (algo muy poco común) y está dividida en varias zonas: el patio exterior, la zona de oración y una galería para los visitantes. Su cúpula central de 23 metros de diámetro y más de 40 metros de altura es impresionante.

Tras un buen paseo por su interior, caminamos hasta Santa Sofía, que está muy cerca, separadas solo por un bonito paseo. Teníamos entendido que la entrada también era libre, pero parece que eso ha cambiado recientemente y ahora hay que pagar, unos 25–30 € por persona, al menos para los no residentes. Entre eso y la cola que se había formado, decidimos dejar la visita para otra ocasión. La admiramos desde fuera, que ya de por sí impresiona muchísimo.

Curiosidad: Santa Sofía ha sido iglesia, mezquita, museo, y actualmente vuelve a ser una mezquita. Fue construida en el año 537 durante el Imperio Bizantino como iglesia ortodoxa. Durante siglos fue la mayor iglesia del mundo, y su arquitectura influyó en muchas mezquitas posteriores. En 2020 se reconvirtió de museo a mezquita, aunque sigue siendo visitable por turistas.

MEZQUITA DE SANTA SOFIA

Después cogimos el tranvía rumbo al Gran Bazar, otro imprescindible de Estambul.

Un poco de contexto: El Gran Bazar fue construido en el siglo XV por orden del sultán Mehmed II tras la conquista de Constantinopla. Hoy en día cuenta con más de 4.000 tiendas repartidas en 60 calles cubiertas, convirtiéndolo en uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo. Puedes encontrar de todo: alfombras, lámparas, cerámica, joyería, ropa, recuerdos, y mucho más. Aunque parezca caótico, está organizado por secciones según los productos.

Para entrar, hay que pasar unos arcos de seguridad, y nos sorprendió gratamente lo limpio, cuidado y organizado que está todo. También esperábamos que los vendedores fueran más insistentes, pero todo lo contrario: muy respetuosos y amables.

Nos perdimos entre los pasillos, literalmente. Creo que recorrimos varias veces el mismo sitio sin darnos cuenta. Y de pronto, sin saber muy bien cómo, enlazamos con el Bazar de las Especias, otro laberinto de colores y olores que nos encantó.

Sobre el Bazar de las Especias: También llamado Bazar Egipcio, fue construido en 1664 y es el segundo mercado cubierto más grande de Estambul. Originalmente era el punto clave para el comercio de especias traídas de Oriente. Hoy en día puedes encontrar desde frutos secos hasta dulces típicos como el lokum, infusiones, tés, y por supuesto, toneladas de especias.

Al salir, aparecimos justo frente al puente de Gálata. Qué vistas… El Bósforo, los minaretes dibujando el perfil de la ciudad, la parte europea y asiática conectadas por el puente, la gente pescando arriba, los restaurantes abajo… una estampa que nos hizo enamorarnos de Estambul.

¿Sabías que Estambul está en dos continentes? Una de las cosas más fascinantes de esta ciudad es que está dividida por el estrecho del Bósforo, que separa Europa y Asia. La parte oeste de la ciudad se considera Europa, mientras que la zona este está en Asia. Estambul es la única ciudad del mundo que pertenece a dos continentes, lo que le da una mezcla única de culturas, sabores y estilos de vida. Aunque la mayoría de las atracciones turísticas están en la parte europea, cruzar al lado asiático es muy fácil, ya sea por puente, ferry o metro subterráneo. Es como cambiar de mundo en solo unos minutos.

Lamentablemente, no teníamos tiempo para más. Recordando lo que habíamos tardado el día anterior en llegar al centro, preferimos adelantarnos para no ir con prisas. De nuevo, el tranvía y luego el metro M11 al aeropuerto, esta vez guiados por Google Maps. Hubo un pequeño lío para sacar la tarjeta del metro, pero unos trabajadores muy amables nos ayudaron como pudieron, a pesar de la barrera del idioma.

El metro, moderno y eficiente, nos dejó en el aeropuerto mucho más rápido que a la ida. Y allí nos llevamos una sorpresa: en la app de la aerolínea Turkish Airlines nos apareció un mensaje ofreciéndonos un menú gratuito a cada uno como compensación por el retraso sufrido en el vuelo Valencia–Estambul. ¡Bendito Burger King! Nos supo a gloria.

Como no teníamos que facturar, fuimos directamente a la puerta de embarque y aprovechamos para explorar el aeropuerto. Es enorme, moderno y lleno de servicios, desde tiendas de lujo hasta salas de oración. No por nada está considerado uno de los mejores del mundo. Ha sido premiado varias veces por su diseño, sostenibilidad y tecnología.

Finalmente, embarcamos a la hora prevista. El avión era estupendo: cómodo, bien equipado, la comida excelente, y además nos dieron un neceser con calcetines, antifaz, cepillo de dientes, crema… Un detalle que se agradece mucho. Nos esperaban nueve horas de vuelo hasta Bangkok, así que intentamos descansar lo máximo posible.

La experiencia con Turkish Airlines fue muy buena. Sin duda, repetiremos.

En el próximo blog os cuento cómo fue nuestra llegada a la capital tailandesa.

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