ESTRASBURGO + GENGENBACH. DIA 5

Durante nuestra estancia en la Selva Negra, decidimos dedicar un día completo a visitar Estrasburgo, una ciudad que combina la elegancia francesa con el encanto de Alsacia. Desde nuestro campamento base en Ettenheim, teníamos unos 55 kilómetros hasta allí, así que temprano por la mañana nos pusimos en marcha por la autovía.


Aparcar en Estrasburgo puede ser complicado, así que preferimos hacerlo fácil y usar uno de los aparcamientos Park & Ride (P+R) que hay a las afueras.
Elegimos el P+R Elsau, situado en Rue Charles Winter, que nos pareció muy cómodo y práctico. Estos aparcamientos están pensados para dejar el coche y continuar el trayecto en tranvía hasta el centro, evitando así el tráfico y las tarifas altas del aparcamiento urbano.

El sistema es muy sencillo: por un precio de 4,20 € al día, puedes aparcar y, además, todos los ocupantes del coche (hasta 7 personas) reciben un billete de ida y vuelta válido durante toda la jornada. Eso sí, hay que tener en cuenta que más allá del horario de 4:30 a.m. a 1:30 a.m. se aplica un suplemento de 10 € por día adicional.

Al entrar al parking, la máquina expende el ticket que sirve como billete del tranvía. Solo hay que validarlo antes de subir, en las máquinas situadas en la propia parada. El pago del parking se realiza a la salida en las máquinas automáticas.

Desde allí, tomamos el tranvía y en unos 20 minutos ya estábamos en pleno centro de Estrasburgo, listos para comenzar nuestra visita.


Desde la parada, caminamos sin rumbo fijo hacia la catedral, disfrutando de las calles llenas de vida, los edificios históricos y el irresistible olor de las pastelerías alsacianas. Cada esquina parecía sacada de una postal: fachadas coloridas, iglesias góticas, escaparates llenos de dulces y ese ambiente francés tan elegante que se respira en cada rincón.

Y entonces, al girar una de esas callejuelas estrechas, apareció ante nosotros la Catedral de Notre-Dame de Estrasburgo.

Su fachada gótica es impresionante: altísima, detallada hasta el último rincón y de un color rojizo que cambia según la luz.
La entrada es gratuita, aunque había bastante cola. Aun así, mereció la pena entrar y contemplar su interior. También existe la posibilidad de subir al campanario, pero en nuestro caso preferimos seguir paseando.

En los alrededores hay muchas tiendas, cafeterías y una oficina de información turística donde, además, hablan español y se pueden recoger mapas o folletos.


Desde la catedral continuamos caminando hasta el barrio más encantador de la ciudad: la Petite France.
Esta zona, situada a orillas de los canales, parece salida de un cuento. Las casas con entramado de madera, los balcones repletos de flores y los pequeños puentes sobre el agua crean un paisaje que enamora al instante.

Allí mismo se pueden hacer paseos en barco con Batorama, de unos 60 minutos, por unos 14 €, pero nosotros preferimos recorrer las calles a pie, sin prisa, para empaparnos bien del ambiente.

Siguiendo el paseo llegamos a los Ponts Couverts, un conjunto de tres torres del siglo XII que formaban parte de las antiguas fortificaciones. Desde allí se tiene una de las vistas más emblemáticas de Estrasburgo.


A esa altura del día el hambre ya apretaba, y de casualidad encontramos un restaurante especializado en galettes, unas crepes saladas muy típicas del norte de Francia. Fue todo un acierto, sobre todo viajando con niños.
También probamos la tarte flambée, una especie de pizza muy fina con nata, cebolla y bacon, ¡deliciosa!

Después de comer, volvimos paseando tranquilamente hacia la parada del tranvía. El centro está lleno de tiendas, plazas y cafeterías, y la verdad es que la ciudad invita a quedarse más tiempo.
Nosotros solo pasamos una mañana, pero sin duda Estrasburgo merece una estancia de al menos dos o tres días para disfrutarla con calma.


GENGENBACH UN PUEBLO DE CUENTO

Después de comer, pusimos rumbo hacia Gengenbach, un pequeño pueblo que muchos consideran uno de los más bonitos de la Selva Negra. Está situado a unos 37 km de Estrasburgo, así que en poco tiempo ya estábamos allí.

Dejamos el coche gratis junto al río, muy cerca de una de las puertas medievales que dan acceso al casco histórico. Eran sobre las cinco de la tarde y el pueblo estaba prácticamente vacío, lo que nos permitió disfrutarlo con total tranquilidad.


Caminar por Gengenbach es como adentrarse en un decorado de película. Sus calles empedradas, casas de entramado de madera pintadas en tonos pastel y balcones llenos de flores crean un ambiente casi mágico. No es de extrañar que Tim Burton eligiera este pueblo para rodar escenas de Charlie y la fábrica de chocolate, porque realmente parece salido de un cuento.

Nos encantó perdernos por sus calles tranquilas, descubrir sus pequeñas plazas y admirar las torres de vigilancia medievales que aún se conservan. A esas horas muchas tiendas ya estaban cerrando, pero eso no fue un problema: simplemente pasear y sentarnos a tomar un café en una de sus terrazas fue suficiente para enamorarnos por completo de este lugar.

Sin duda, Gengenbach se convirtió en nuestro pueblo favorito de todo el viaje.

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