DIA 3. PEKIN: DE LA DECEPCIÓN AL «ESTAMOS EN LA MURALLA CHINA»

Madrugón con ilusión… y golpe de realidad

Nos levantamos a las cinco de la mañana, con esa mezcla de sueño e ilusión que solo se siente cuando vas a cumplir un sueño pendiente desde hace años. Habíamos reservado taxi para visitar la Gran Muralla China en Mutianyu, una zona menos masificada que Gran Muralla China en Badaling. La idea era clara: madrugar, evitar multitudes y disfrutarla casi en soledad.

A las seis nos recogieron en el hotel y, tras hora y media de trayecto en coche eléctrico, llegamos sobre las siete y media.

Y entonces… sorpresa desagradable.

Cerrada por mantenimiento.

Todas nuestras ilusiones se vinieron abajo en segundos. Yo, que reviso todo cien veces y me dejo horas organizando, me puse rabiosa. Miré la web con más calma y ahí estaba el aviso. Lo había pasado por alto. Una mezcla de frustración, enfado y sensación de haber perdido tiempo y dinero.

Plan B: rumbo a Badaling

El taxista nos propuso ir a Badaling. No era nuestra primera opción —precisamente por la masificación— pero no podíamos irnos de Pekín sin pisar la Muralla. Así que aceptamos.

Tras otra hora larga de trayecto llegamos. A través de un conocido, el conductor nos ofreció comprarnos las entradas para no perder tiempo en taquilla. Comprobamos el precio online y era el mismo, así que dijimos que sí.

Aquí vino el momento tenso del día.

Hubo un malentendido con el pago. Entre el traductor del móvil y los nervios, estuvimos un buen rato discutiendo porque nos pedía más dinero del acordado. Él creía que tenía que cobrar también el importe de las entradas y el teleférico, sin darse cuenta de que yo ya lo había pagado aparte. Tras un rato largo aclarando números conseguimos solucionarlo.

Tiempo perdido. Paciencia puesta a prueba. Pero seguimos adelante.

Subiendo a la Muralla

El teleférico costó 140 yuanes por persona y la entrada 40 yuanes por persona. En total, 180 yuanes cada uno para acceder a Badaling.

Mientras subíamos en el cablecar, las vistas eran espectaculares. Montañas verdes extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

Pero al llegar arriba… otra pequeña decepción: muchísima gente. Justo lo que queríamos evitar.

Después del madrugón, del trayecto fallido y de la discusión, yo estaba bastante enfadada. Pero entonces levanté la vista y pensé:

Estamos en la Muralla China.

En la impresionante Gran Muralla China. Una de las grandes maravillas del mundo.

Cuestas imposibles y recompensa visual

Empezamos a caminar. Y no es un paseo suave. Son cuestas pronunciadas, escalones irregulares y tramos exigentes. No es un lugar recomendable para quien no esté mínimamente en forma.

A medida que nos alejábamos de la entrada, la gente disminuía. Y ahí empezó la verdadera experiencia. La muralla serpenteando entre montañas, el silencio relativo, la sensación de estar caminando por siglos de historia.

Además, no hacía calor, algo que agradecimos muchísimo.

Error importante: no llevábamos ni agua ni comida. Después de dos o tres horas recorriendo la Muralla, lo mínimo habría sido una botella de agua y algo ligero como fruta o frutos secos. Consejo claro: id preparados.

Coste total de la excursión

Los números finales fueron:

  • 250 yuanes por el trayecto Pekín–Mutianyu.
  • 600 yuanes por el trayecto Mutianyu–Badaling + espera + parking + peajes + regreso a Pekín.
  • 180 yuanes por persona en Badaling (entrada + teleférico).

En total, 1.570 yuanes, aproximadamente 200 euros en total para los tres al cambio.

Más de lo previsto. Bastante más. Pero ya estábamos allí y lo habíamos vivido.

Regreso agotador y cena futurista

La vuelta a Pekín fue dura: mucho tráfico y un conductor que parecía tener sueño, dando frenazos constantes. Llegamos al hotel mareados y reventados.

Sin fuerzas ni para salir a cenar, pedimos comida a McDonald’s a través de WeChat, con ayuda de la recepcionista.

Y aquí llegó el momento curioso del día: el repartidor dejó el pedido en recepción y lo metieron en un robot que lo subió hasta nuestra habitación. Nos llamó el teléfono, abrimos la puerta y allí estaba el robot esperando. Pulsas un botón, coges la bolsa y el robot se va. Sube solo en ascensor.

En China es normal. A nosotros nos pareció ciencia ficción.

Ese McDonald’s nos supo a gloria.

Atardecer en Jingshan y noche en Qianmen

Después de descansar un rato, volvimos a salir. Cogimos el metro hasta el Parque Jingshan, que el día anterior encontramos cerrado. Esta vez sí estaba abierto.

Subimos hasta la Colina del Carbón y desde allí disfrutamos de unas vistas preciosas de la Ciudad Prohibida. Había gente, sí, pero con paciencia siempre encuentras tu espacio. El paseo al atardecer fue tranquilo y necesario.

Más tarde fuimos a Qianmen Street, que fue la calle que más nos gustó de todo Pekín. De noche, iluminada, llena de ambiente, con edificios tradicionales restaurados, un tranvía cruzando por el centro y la imponente torre de Zhengyangmen al fondo. Incluso hay un Starbucks precioso en un edificio tradicional.

Cenamos pato Pekín, en un restaurante lleno de carteles con reconocimientos Michelin. Pedimos unos rollos de pato que estaban espectaculares.

De postre, me compré una brocheta de fresas caramelizadas. Dulcísimas. Pegajosas. Deliciosas.

Reflexión final: viajar también es adaptarse

Este día nos recordó algo importante: por mucho que planifiques, no todo sale como esperas. Hay cierres inesperados, discusiones, gastos imprevistos y momentos de enfado.

Pero también hay decisiones que te llevan igualmente a cumplir un sueño.

Caminamos por la Muralla China. La vimos extenderse entre montañas. Sentimos su historia bajo nuestros pies. Vimos Pekín desde lo alto al atardecer. Cenamos pato laqueado en una calle mágica y recibimos una hamburguesa de un robot.

No fue perfecto. No fue como lo habíamos imaginado.

Pero fue intenso, real y absolutamente inolvidable.

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