SHENZHEN, TECNOLOGIA, COMPRAS Y UN DESAYUNO SIN MANTEQUILLA, DIA 10.

Nos despertamos en Shenzhen, en el Lu Yue Hotel Shenzhen, un alojamiento que, sinceramente, nos sorprendió para bien. Pagamos 153,53 € por tres noches con desayuno incluido, y la habitación era de esas que te hacen pensar que has acertado de pleno: cama enorme de 2,4 metros, un proyector gigante ocupando toda la pared (muy habitual en China) y un baño completo con todas las comodidades. Espacio, comodidad y ese punto moderno que tanto nos gusta cuando viajamos.

Nos levantamos sin prisas, sobre las 8:30 de la mañana, y bajamos a desayunar… aunque aquí viene el primer “plot twist” del día. Si esperas un desayuno occidental en China, baja las expectativas. Había pan de molde tostado, sí… pero sin mantequilla, sin aceite, sin mermelada… sin nada. También había salchichas, huevos, café, leche y zumo de naranja. El resto, desayuno chino puro: noodles, dumplings, arroz…

Mientras buscábamos desesperadamente algo para acompañar la tostada, unos turistas irlandeses sentados al lado nos miraron y se rieron. Ellos estaban igual: “¿dónde está la mantequilla?”. Acabamos hablando un rato con nuestro inglés de supervivencia y nos hizo mucha gracia que conocieran Alicante. Su resumen fue claro: sol, playa y sangría. No iban desencaminados.

Con el estómago medio convencido, salimos del hotel y nos fuimos andando hacia Huaqiangbei, probablemente uno de los lugares más surrealistas si te gusta la tecnología.

Huaqiangbei: el paraíso (y la jungla) tecnológica

La zona de Huaqiangbei es una auténtica locura. Una calle interminable con centros comerciales y edificios enteros dedicados a la tecnología. Pero hay algo que nos llamó muchísimo la atención nada más llegar: las motos eléctricas.

Hay miles. Y cuando digo miles, no exagero. Van por todos lados: carretera, aceras, pasos de peatones… así que aquí el consejo es claro: cuidado máximo. No esperes que paren porque tú cruces. Tienes que mirar en todas direcciones, casi como si estuvieras jugando a un videojuego en modo difícil.

Eso sí, en contraste total con ese pequeño caos, otra cosa que sorprende es lo increíblemente limpias que están las calles. Da igual la cantidad de gente o de tiendas: todo está perfectamente cuidado.

Entramos en sitios como el Huaqiang Electronic World o el SEG Electronics Market, y aquello es como meterte en un laberinto infinito de gadgets: móviles, cámaras, drones, relojes, consolas, secadores, cables… absolutamente de todo. Incluso puedes encontrarte robots por los pasillos.

Para alguien como mi marido, esto era Disneylandia. Para mí… una mezcla entre fascinación y “no sé ni por dónde empezar”.

Un consejo importante si vas: aquí se regatea. Y mucho. Lo normal es que empiecen pidiéndote tres o cuatro veces el precio real, así que toca negociar sin miedo. Si no regateas, pagas de más seguro.

Y claro… caímos. Reloj inteligente, consola portátil retro, secador, cables HDMI… lo típico que no necesitas pero de repente sí.

Comer bajo tierra (y descubrir el café más adictivo)

El calor apretaba bastante y ya empezábamos a notar el cansancio, así que descubrimos algo muy útil: en la parte baja de la zona hay galerías subterráneas, tipo metro, llenas de restaurantes. Un sitio perfecto para escapar del calor.

Acabamos en un restaurante de sushi con cinta transportadora y comimos de maravilla por unos 25 € los tres.

Después de comer, hicimos otra parada que merece mención especial: Luckin Coffee.

Si Starbucks es el rey en medio mundo, esto en China es otro nivel. Hay por todas partes. El café está buenísimo y además es muy barato. Pero tiene su truco: no puedes pedir en barra como estamos acostumbrados, tienes que hacerlo todo a través de la app.

Al principio es un poco caos, no te voy a engañar. Pero una vez le pillas el truco, es facilísimo.

Y luego están los sabores. Aquí se vienen arriba: cafés con frutas, mezclas rarísimas… pero entre todo eso encontré mi favorito absoluto: café frío con leche de coco. Una maravilla. De esos que te tomas y piensas: “necesito otro”.

Manga, anime y vuelta al hotel

Después, seguimos explorando y dimos con otro edificio, esta vez lleno de tiendas de manga y anime. Aquí Samuel estaba en su salsa. Figuras, merchandising, cosas imposibles de encontrar en España… otro universo paralelo.

Sobre las 5 de la tarde, ya con varias bolsas encima y la cabeza saturada de tanta tienda, volvimos al hotel a descansar, dejar las compras y refrescarnos.

COCO Park: la versión más “occidental”… con toque chino

Por la noche, cambiamos completamente de ambiente y nos fuimos en metro a COCO Park Shenzhen.

COCO Park es más parecido a lo que conocemos: tiendas de marca, espacios modernos, restaurantes… pero con un toque muy chino que nos llamó muchísimo la atención: las tiendas tipo Pop Mart.

Ya habíamos visto alguna en Tailandia, pero esto es otro nivel. Están por todas partes. Venden muñequitos tipo coleccionables en cajas sorpresa. Pagas unos 8 € y no sabes cuál te va a tocar.

Y claro, ahí está el truco. Si quieres uno concreto… te toca seguir comprando. Y así hasta completar la colección. Es adictivo. Literalmente.

Cena estilo Xi’an (y a precio de risa)

Cuando llegó la hora de cenar, subimos a la planta de restauración, que era gigantesca. Demasiadas opciones. De esas veces que tardas más en decidir que en comer.

Al final nos decantamos por un restaurante de comida típica de Xi’an. Pedimos noodles fríos tipo ensalada, otro bol enorme de noodles anchos calientes y las típicas “hamburguesas chinas”.

Todo por 69 yuanes (unos 9 €). Comer así de bien por ese precio sigue pareciendo ciencia ficción.

Para rematar el día, en la terraza nos tomamos unos batidos de yogur helado con Oreo (22 yuanes cada uno) antes de volver en metro al hotel.

Y así terminó uno de esos días que no parecen especialmente turísticos, pero que acaban siendo de los más auténticos: tecnología, caos controlado, descubrimientos curiosos… y un café con leche de coco que todavía sigo echando de menos.

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